Aida en el Libertador: Gloria a Verdi
Por Hernan Espinosa - Después de casi cuarenta años, Aída volvió al escenario mayor de nuestra ciudad presentándose como el último título lírico de la actual temporada. Y lo hizo de forma más que convincente, demostrando que aún los proyectos más desalentadores, por el enorme esfuerzo que suponen, pueden llegar a buen puerto si están bien capitaneados, es decir, con talento y profesionalidad.
No vaya al teatro pensando encontrar fastuosas
escenografías, deslumbrante vestuario o impresionante maquinarias; nada
de esto hallará. Ni mucho menos espere toparse con previsibles fachadas
de pirámides, o altivas palmeras, o cualquier otra pista que indique
que la acción de esta ópera se desarrolla en Egipto. Por el contrario,
usted verá ambientes delimitados por macizas estructuras verticales
situadas al fondo del escenario y telas transparentes que dividen al
mismo y sobre las cuales se proyectan sutiles figuras. El concepto
trabajado por Cavagliatto y Perez desde la regie y la escenografía
apunta a una especie de despojamiento que, lejos de opacar el espíritu
egipcio de los ambientes, realzan aún más la monumentalidad de las
dimensiones, aspecto elegido por ambos artistas como matriz de esta
puesta. Trabajo hercúleo
No podemos dejar de subrayar el titánico esfuerzo de producción que se deja percibir a lo largo de toda la representación, sobre todo, por supuesto, en los grandes números de masas donde el escenario se ve poblado por una verdadera multitud. Porque no solo tenemos en escena al Coro Polifónico, sino al de Cámara y al Delfino Quirici de Río Cuarto, además del Ballet Oficial y numerosos figurantes, todos ellos con sus respectivas vestimentas de sacerdotes, ministros, pueblo y soldados. En este sentido, el vestuario, también a cargo de Pérez, aunque de humilde estampa, resulta elegante.Los coros mencionados funcionan de manera excepcional, en franca comunión, demostrando fuerza y vitalidad, luciéndose en el emocionante final del primer acto y, desde ya, en la conocida pieza ¿Gloria all´Egitto¿ del segundo acto. Por otro lado, el ballet oficial, si bien aportó energía y entusiasmo, evidenció cierta falta de coordinación.
En cuanto a la labor de los solistas, la soprano Patricia Gutiérrez como Aída volvió a lucir su potente voz y dotes de gran actriz, sobre todo en la hermosa aria "O patria mia", aunque no repitió esta vez el nivel de emoción interpretativa que logró hace dos meses en el papel de Madama Butterfly. Por su parte, la mezzo Elisabeth Canis se mostró segura en su rol de Amneris, trasmitiéndole a su personaje significativos matices que enriquecieron sus buenos oficios como cantante. Sin duda, la gran decepción de la noche fue Radamés, a cargo del tenor salteño Fernando Chalabe, que simplemente no pudo cantar como debiera haber hecho debido a una afección de la voz, privándonos de escuchar, por ejemplo, el final de su gran aria "Celeste Aida". Claro que la producción debiera prever la preparación de algún otro cantante como cover de los protagónicos, para, lisa y llanamente, no pasar vergüenza.
Sin embargo, el público le brindó un más que cálido aplauso, como a todos los que hicieron posible esta versión de Aída que, apoyada en una iluminación de gran efecto dramático (labor de Francisco Sarmiento) y en una dirección escénica delicada, sin "oropeles", vino a coronar una espléndida temporada.
Ficha Técnica:
- Obra: "Aida"
- Autor: De Giuseppe Verdi
- Dirección General: Gustavo Plis-Sterenberg
- Regisseur: Cheté Cavagliatto
- Origen: Argentina - Córdoba
- Lugar: Teatro San Martín